La Rioja (España)

7 jul. 2016

El nuevo edificio de Los Gabrieles

Edificio Los Gabrieles, en el centro de Logroño

Inmuebles conocidos como 'Los Gabrieles' y 'Tívoli', situados en los números 8 y 10 de la calle Bretón de los Herreros. Sobre estas parcelas se levanta el edificio de nuevas viviendas. 
Se trata de una oferta muy exclusiva, «en un lugar atípico y un edificio muy especial», 
El inmueble alberga una planta de oficinas, una planta baja comercial a distintos niveles para las calles Bretón de los Herreros y la calle Peso, y dos sótanos para aparcamientos, que cobijan veinte plazas, en su mayoría dobles. «Si estas viviendas no tuvieran al menos los aparcamientos correspondientes, la obra no tendría sentido en una zona como esa». La entrada del garaje, una de las cuestiones más polémicas, se ha resuelto ante el portal número ocho de Bretón de los Herreros, aunque en un primer momento se planteó la entrada por la calle Peso. De esta forma no perturbará la entrada del nuevo parking de la calle.
Se trata de una nueva apuesta del Consistorio para reconstruir el Casco Antiguo de Logroño, una zona de la ciudad que acapara el 25 por ciento de las licencias que se están otorgando. Este edificio vendrá a «llenar un hueco», al tiempo que completa la trama urbana de la peatonalización de la calle Bretón de los Herreros.
Pretenden ser «muy respetuosas con el tratamiento exterior del edificio». Conserva la tipología del edificio original, adaptándola a los tiempos modernos, para lo que se han rescatado elementos patrimoniales relevantes del inmueble primigenio.
Las antiguas galerías y solanas de la parte alta de los dos inmuebles originales se transformaron en un ático retranqueado que remata el edificio recreando el estilo previo, a la vez que se adecuan a las nuevas condiciones y se recomponen de un modo más uniformado, ya que antes cada edificio poseía una galería propia. Los constructores refundieron ambos edificios en uno sólo tras haber realizado estudios de detalle independientes.

Bar Tívoli, vestíbulo de la calle Laurel

Recuerdos de un bar que era cita obligada antes de que las cuadrillas se adentraran en la 'Senda de los Elefantes'
En el Logroño de la posguerra, incluso en décadas anteriores, se comentaba jocosamente que la calle Gallarza era la más larga del mundo, pues comenzaba en Puerto Rico y terminaba en la Gran Ciudad de Londres. Y es que, pese a sus escasos 120 metros de largo, arrancaba en el restaurante Puerto Rico ­en la esquina en que después abriría el bar Tívoli­ y tenía su fin en el comercio textil fundado por Antonio Garrigosa en 1903 y en el que trabajó durante años como dependiente el padre de san Josemaría Escrivá de Balaguer.
La calle Eduardo González Garllarza, dedicada al pionero de la aviación y militar logroñés, sirvió durante décadas como antesala de la Laurel aunque, en realidad, ambas calles formaban una simbiosis indisoluble. Entre los 70 y los 90, el Tívoli era cita obligada antes de que las cuadrillas se adentraran en la 'Senda de los Elefantes'.
En la esquina con Bretón de los Herreros, había abierto sus puertas el restaurante Puerto Rico, que junto al bar El Chaval y El Carabanchel, hacían de la calle una zona de asueto y diversión. Ya en los años 50, el Puerto Rico dejó de servir comidas y se convirtió en el café Tívoli, que sirvió su última consumición, décadas más tarde, el 5 de noviembre de 1999. «Yo nací en Logroño, el 24 de agosto de 1904 en la calle Bretón de los Herreros, esquina a la calle González Gallarza en el piso primero encima de lo que actualmente es el bar Tívoli», escribió en los albores de los años 80 el eminente oftalmólogo Ramón Castroviejo.

El gran mercado persa;
En el Tívoli se apreciaba, de forma empírica, cómo podía influir el paso de las horas en el devenir de la clientela, sin que ni la decoración ni el mostrador cambiara de aspecto: carteles de pelota y de toros, algún póster futbolístico, cuatro banderillas de bonito con cebolla y un cruasán semiseco. De
madrugada, sin que el alba hubiera despuntado aún, el bar era cita obligada de quienes llevaban sus productos a la Plaza de Abastos: cafés, carajillos, solysombras y hasta cazalla.
A lo largo de la mañana, vermú incluido, su barra y sus mesas se convertían en un gran mercado persa. Allí se negociaba todo; se compraban y vendían rebaños, viñas, majuelos y hasta voluntades; se acordaban fianzas, se prestaba dinero, se zanjaban enfados. Bajo techo o en la terraza, se propalaban rumores de todo pelo ­algunos, incluso de cama­, se discutía de fútbol, de toros, de pelota y, a raíz de la Transición, hasta de política. Desde que el Tívoli cerró, la zona ya no fue lo mismo.
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